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LA CONCIENCIA DEL PAISAJE

Cézanne (…) “El paisaje mismo piensa en mí (…) soy su conciencia”.

Maurice Merleau-Ponty, Sentido y sinsentido.
Citado por Ackermann, D. Una historia natural de los sentidos, p. 309.
Anagrama. Barcelona, 2000.

Sin duda somos nosotros los que pensamos; es así. Pero, ¿por qué no aceptar de una vez que no somos ángeles sino animales desarrollados, que somos, pues, naturaleza? ¿Por qué no pensar entonces que es la naturaleza misma la que piensa a través de nosotros, que no somos si no el medio de que ella se vale para poder ser consciente, para ser reflexiva, incluso para ir más allá de ella? ¿Acaso no somos parte de ella misma?
Pues dejemos de pensarnos como punto y aparte, como algo fuera de la naturaleza y aceptemos que no somos sino el mecanismo por el cual el universo se vale para pensarse, conocerse y ser consciente. De modo que, cuando pensamos, es toda la naturaleza, todo el universo quien piensa, somos el pensamiento de las estrellas también. A mí, al menos, ésta es una meditación que me llena de alegría, gozo y también intriga.

Lamo de Espinosa, E.
Sociedades de cultura,sociedades de ciencia, p. 42.
Nobel. Oviedo, 1996.

La filosofía hindú advaita (de la no dualidad) insiste en el hecho de que este mundo es ilusorio y que lo real es la conciencia única. Por tanto la respuesta no está en las galaxias lejanas, en los universos paralelos, en lo infinitamente pequeño o infinitamente grande, está más cerca, en nuestra conciencia y en la necesidad de contactar con ella. Los filósofos del shaivismo de Cachemira destacan que la mente no es una sustancia material, sino, simplemente, una forma contraída de la conciencia universal.

“Este mundo entero es producto de mi mente.” (Bhagavad Gita)

“Los seres humanos son aquel aspecto de la naturaleza que se está haciendo consciente de sí misma.” (Tomás Berry)

Blaschke, J. Más allá de lo que tú sabes, p. 104.
Robinbook. Barcelona, 2008.

Nuestros diversos sentidos, que nos parecen tan personales que a veces nos apartan de los demás, van en realidad mucho más allá de nosotros. Son una extensión de la cadena genética que nos conecta con todo lo que en un momento u otro ha tenido vida; nos vinculan con otras personas y animales, por encima del tiempo las circunstancias. Son un puente entre lo personal y lo impersonal, entre el alma privada y sus muchos parientes, entre el individuo y el universo, entre todo lo que tiene vida en la Tierra. En el sueño profundo, el espectro de nuestras ondas cerebrales va de ocho a trece hertzios, frecuencia a la que una luz parpadeante puede desencadenar ataques epilépticos. La trémula Tierra late suavemente a alrededor de diez hertzios. De modo que, en nuestro sueño más profundo entramos en sincronía con el temblor del planeta. Soñando, nos convertimos en sueño de la Tierra.
Comenzó en el misterio y terminará en el misterio. Por mucho que podamos explorar los grandes y pequeños principios de la vida sus detalles cautivadores, y desentrañarlos y aprenderlos de memoria, siempre habrá vastos campos ignotos que nos atraerán.

Ackermann, D. Una historia natural de los sentidos, p. 353 ss.
Anagrama. Barcelona, 2000.

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